Los cumpleaños
"Eras la única niña que conozco, que prefería más morirse que celebrar su cumpleaños" - frase de mi madre.
Yo no tengo muchos recuerdos de cuando era pequeña, todo lo que sé son las historias que me cuenta mi madre, y la gente que me conocía. Y la de los cumpleaños es una de las que más me fascinan.
Siempre odié las fiestas de cumpleaños, y lo sigo haciendo, no es ningún secreto.
La primera vez que me invitaron a una fiesta de cumpleaños, fue una compañera de clase -no éramos amigas, yo no tenía amigos a esa edad- cuando tenía unos 6 años.
Yo no quería ir. Me negué rotundamente, no quería ni pensarlo. Mi madre me obligó, decía que tenía que relacionarme con otros niños. Según lo cuenta ella, cuando llegamos al sitio y me tenían que dejar, me quedé agarrada a unas rejas que había en la puerta llorando sin parar. Todos le dijeron a mi madre que no me dejara ahí, era evidente que lo estaba pasando mal, pero ella se fue igualmente. Aunque le daba mucha pena dejarme así, estaba preocupada porque si no me relacionaba a esa edad, no lo haría nunca.
Ese fue el primero. El primero de muchos horribles cumpleaños que parecían no tener fin. Cuando llegó el mío, mi madre me obligó a celebrarlo. Invitamos a toda la clase, y eso hizo que mucha gente me invitara a mí de vuelta. Y así año tras año, en un ciclo interminable y agotador.
Después de ese primer día, mi madre y yo creamos una "rutina de cumpleaños". Yo seguía sin querer ir, pero sabía que tenía que hacerlo. Al llegar al sitio, mi madre me enseñaba donde estaba todo, especialmente dónde estaba el baño, dónde estaba el agua, y quiénes eran los monitores a los que tenía que pedir cualquier cosa. También me explicaba qué frases tenía que decir. Esto incluye: "felicidades", dar el regalo, "de nada", "sí, por favor" cuando me pregunten si quiero tarta, "¿me das un vaso de agua, porfa?" "¿Puedo ir al baño?" Etc.
Esto lo hacía porque si no sabía dónde estaba el baño, no iba. Si no sabía dónde estaba el agua, no bebía. Porque yo nunca, y repito NUNCA preguntaba.
Tampoco comía, porque en la mayoría de los casos, lo que hacen es preguntar: ¿Quién quiere tarta? ¿Quién quiere esto? ¿Quién quiere aquello?
Y entonces, pues no comía.
Aunque supongo que también influían mis problemas sensoriales y con alimentos nuevos.
Al final, la manera de adaptarnos era comiendo en casa, antes de ir. Porque sino cuando salía, al no haber comido nada, tenía hambre.
Pero esto no era lo peor. Lo peor era cuando se trataba de MI cumpleaños.
No sólo tenía que ir a esos lugares ruidosos que odiaba, con un montón de niños corriendo y gritando, y tener que jugar con ellos, y sonreír, y fingir que me lo paso bien, y felicitar a la gente, y saludar, y pedir agua, y pedir tarta, y comer... Sino que encima, ese día, todos los ojos estarían posados en mí. Decenas de ojos observándome, esperando a verme cometer un error. Grupos de niños felicitándome, y peleándose por quién se sienta a mi lado, por darme su regalo el primero. Montones de personas y de cámaras mirándome mientras abro los regalos, esperando a ver mi reacción, a ver si me gusta, y yo estaba aterrada, aterrorizada de que vieran en mi cara que no me gustaba, pero sin saber qué narices era lo que tenía que hacer con mi cara, y qué hacer mientras me cantan el cumpleaños feliz, y tener que estar horas y horas en un recinto con niños sudorosos con las caras pintadas, y tener que jugar con ellos porque sino la gente se fija, y me pregunta qué me pasa, y si estoy bien, y yo no sé responder, no me sé explicar.
Esto sí lo recuerdo. El desagrado, el cansancio, la presión de todas las miradas puestas en mí, la confusión, el no saber qué hacer, el estrés, la angustia por no tener nada bajo control, y todo eso en un día que se supone que es alegre y divertido. ¿Alegre y divertido? Eso para mí era llevarme al matadero.
Lo que veía mi madre no era todo eso.
Yo no era capaz de explicarlo en palabras, ni siquiera para mí misma.
Lo que veía mi madre era una niña que nunca se ponía mala, pero justo el día de su cumpleaños le subía la fiebre, y no paraba de llorar y de vomitar.
Todos los años en mi cumpleaños me ponía mala.
Mala de verdad, no sólo de los nervios.
Mi madre recuerda uno en concreto, debía de tener unos 10 años. Estaban todos esperándome en la fiesta, y yo en casa, sin parar de vomitar. Era psicosomático, me lo provocaban los nervios. El terror, mejor dicho. El pánico.
Mi cuerpo entraba en estado de emergencia. Aquel día fui a mi fiesta de cumpleaños. Pero fue el principio del fin.
Después de eso, le dije a mi madre que no quería celebrar mi cumpleaños, y esa vez no me obligó.
Es una lástima que tuviera que pasar por años tan horribles para que entendiera que no es lo mío, pero al menos terminó.
Sin embargo, en una cosa tenía razón, mi infancia no hubiera sido lo mismo si no lo hubiera hecho. No sabía desenvolverme sola, no sabía pedir cosas, me perdía, no sabía relacionarme... Empezar a asociar las fiestas con un castigo no fue muy positivo, pero supongo que estar sin mi madre y tener que apañarme sola, me sirvió de ayuda. Aunque a mí entonces no me lo parecía, era un entorno seguro y controlado, y eso ayudó a integrarme, y que la gente no me viera como un bicho raro (o no tanto).
Estuve unos años sin celebrarlo, no sé si fueron dos o tres. Los suficientes para que se rompiera ese círculo vicioso de: invito a los que me invitan, y ellos me invitan de vuelta, y yo a ellos... Y al final acababa invitando a más de media clase, y no podía con tanta gente.
Al llegar a la adolescencia, volví a celebrar mi cumpleaños.
Esta vez con un grupo muy reducido de mis amigas de verdad (4), y organizado por mí. Pensarás que me lo pasaba bien, pero no.
No me lo pasaba nada bien. De nuevo, tenía que meterme en el papel de la cumpleañera feliz, de abrir los regalos, poner buena cara, reírme de lo que no me hace gracia...
Esta vez ya no me obligaba mi madre, me obligaba yo. Quería ser normal, hacer lo que todo el mundo hacía. Y si todo el mundo celebraba su cumpleaños, yo no quería ser la ratita que no lo celebraba. Además, me sentía presionada por mis amigas, que me decían: "venga, que te lo vas a pasar bien".
Los 17 fueron los últimos que celebré, y una metedura de pata catastrófica.
Fuimos a una discoteca. No sé en en qué momento pensé que eso iba a salir bien, ni siquiera tengo ganas de recordarlo. Las discotecas son el infierno para mis sentidos. Me tuve que ir. Se quedaron todas mis invitadas pasándoselo bien, y yo volví sola a casa sola, de noche, y llorando.
No celebré mis 18. En parte por el Covid, en parte por los estudios. Me pasé mi cumpleaños de los 18 en la biblioteca estudiando. No quise estudiar en casa, para que no me molestaran.
No fue un día especialmente alegre, pero fue de los mejores cumpleaños que tuve.
Mi psicólogo siempre dice que las cosas que no son obligatorias, como las fiestas, tengo que vivirlas a mi manera. Nadie me puede forzar, y tampoco yo debería obligarme. No tengo que buscar ser normal, nadie lo es. Parecerá una tontería, pero me ayuda que me lo recuerden.
Yo lo veo como una "obligación", y si no lo hago siento que me estoy escaqueando, y que voy a decepcionar a la gente, que me quiere ver feliz.
Pero si su idea de felicidad no es la misma que la mía, no es mi culpa.
Ahora voy a hacer las cosas a mi manera, voy a hacerlo bien.

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